Misa de Medianoche

Misa de Medianoche sigue a una comunidad al borde de la extinción y ávida de fe recibe la llegada de un carismático sacerdote, que trae consigo milagros, misterios y un renovado fervor religioso.

A lo largo de los años, han sido muchas las propuestas cinematográficas que se han dedicado en llevar a la pantalla todo lo relacionado a la lucha eterna entre el bien y el mal, en plasmar visualmente la lucha de dios y el diablo, la luz y la oscuridad, el renacimiento y el apocalipsis. Ya en la década de los años 20, es decir hace un siglo atrás, el cine en blanco y negro nos mostraba demonios y vampiros en las primeras cintas de ciencia ficción, u horror ficción como a algunos les gusta mencionar. Y durante cien años ya son innumerables las cintas que se han realizado, algunas, las menos, con mayor éxito que otras. Pero como todas tratan acerca de lo mismo en la esencia y base de la narración, novelistas, cuentistas, guionistas y directores debían comenzar a ponerse más creativos, a hacer cosas distintas y no necesariamente manteniendo el patrón. Así, los guiones comienzan a dar giros contundentes, los protagonistas mueren en la mitad del largometraje, las muertes se hacen cada más explícitas y originales, y las historias varían en épocas, trajes, ciudades y géneros, por nombrar algunos. También es, por lo mismo, que cada vez es más difícil sorprenderse con alguna nueva propuesta. Es tan difícil contar historias nuevas y originales, que la industria incluso ha traído el slasher de vuelta, quizás reafirmando la sentencia que indica que la vida es cíclica y que todo aparece otra vez.

Misa de Medianoche, es una miniserie de tan solo siete capítulos que llega como un bálsamo para nuestros nuevos tiempos. Dirigida y adaptada para televisión por Mike Flanagan (La Maldición de Hill House), la obra relata los extraños acontecimientos que se producen en una pequeña isla habitada por muy pocos habitantes, con dos hechos puntuales: el arribo sin previo aviso de un joven cura quien llega a reemplazar al anterior, y el retorno de un joven lugareño desde el continente que estuvo cuatro años en prisión por matar a una joven en un accidente automovilístico.

Con ese puntapié, Flanagan nos va presentando los personajes en los primeros capítulos y mostrándonos lo vulnerable que pueden ser las salidas y llegadas de los barcos desde y hacia la isla. En Isla Croqueta todos se conocen, viven de la pesca y son un pueblo muy devoto. Así, comienzan las primeras misas dirigidas por el nuevo párroco, el padre Paul (Hamish Linklater), quien explica la razón de la ausencia del cura anterior y aprovecha de dar nuevas noticias acerca de la salud de este. También a partir de ahí, comienzan a ocurrir algunos misteriosos sucesos que aparentemente no tienen explicación, pero que sí logran acaparar la atención de todo el pueblo.

La miniserie posee tintes y matices tanto teocráticos como de terror, por lo que la fina y elegante mezcla de ambos elementos hace que se transforme en una serie totalmente hipnótica. Cada capítulo lleva por nombre uno de los capítulo de la Biblia, por lo que no es de extrañar que, por ejemplo, nos encontremos con largos diálogos en donde se habla de la vida y la muerte, de qué es lo que hay en el más allá, en la posibilidad de la reencarnación, y, por supuesto, en la vida eterna. Son diálogos que para algunos pueden parecer tediosos y que no aportan mucho a la historia, pero estamos ante lo que sus creadores nos desean transmitir, sentarnos a conversar y mirar en nosotros mismos nuestras creencias y qué exactamente pensamos al respecto, hasta donde nuestro cerebro, experiencia y espiritualidad nos permiten creer y no creer en tal o cual cosa, en tal suceso, en tal ente.

“Pueblo chico, infierno grande” reza el dicho. Pero las diferencias entre los pueblerinos, que en un principio pueden ser muy importantes, van quedando atrás conforme van enfrentando todos juntos enigmas y sucesos que requieren de una mayor explicación más que el mero sentido común. Flanagan expone de manera brillante los argumentos que llevan a los personajes del pueblo no solo en dudar a veces del vecino, sino que poner en tela de juicio las confianzas cimentadas durante tantos años viviendo juntos. Los diálogos son claros y profundos, no se apura en dar más luces de las obvias que vamos observando, por lo que al ser una miniserie de siete capítulos logramos contar con la dicha que no hay pérdida de tiempo, que cada capítulo avanza a buen ritmo y logra saciar pronto la sed de clímax y desenlace.

Flanagan es amante de la buena música, y es por eso que para la mayoría de sus series y películas recurre a su banda amiga/favorita The Newton Brothers. La musicalización de la banda alterna entre los sonidos incidentales propios de las secuencias y la banda sonora en general, exceptuando alguna que otra canción por la cual se deben pagar los derechos correspondientes. Incluso, ha gozado con la colaboración de Danny Elfman en más de una producción.Otro de los puntos fuertes es la fotografía. Su gran amigo Michael Fimognari es el responsable de ser el director de fotografía de casi la totalidad de las obras de Flanagan. La paleta de colores sepia que logra la ambientación de décadas pasadas, así como el juego de sombras incluso en lugares de penumbra y poca luz, son sellos característicos de su cámara.

Con un desenlace filmado como el clímax de una novela de Stephen King, en espacio abierto y en donde el caos es el rey, Misa de Medianoche finaliza alta, solemne, en donde la luz de un nuevo día y sin mayor intervención divina ni humana hace lo suyo. Todo muy simbólico. ¿Historia de religión? ¿Historia de terror? Que buena conversación se puede tener alrededor de la mesa después de terminada la serie. Pero algo es seguro, queda la sensación de haber visto una serie redonda y que funciona desde todos los puntos de vista, por donde se le mire, sea cual sea su creencia personal.

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