Cuando acecha la maldad

Cuando Acecha la Maldad se ambienta en una zona rural de Argentina, donde se producen acontecimientos turbios relacionados con unas extrañas posesiones y la posibilidad del nacimiento de un poderoso demonio. Dos hermanos harán lo posible por evitarlo.

Si Aterrados, la anterior película de Demián Rugna, se atrevía a innovar y aportar otro punto de vista sobre un tema tan gastado y manoseado como las casas encantadas y los fantasmas, esta vez hace lo mismo con el subgénero de posesiones. Y la jugada le vuelve a salir bien.
Cuando Acecha la Maldad, ganadora del pasado festival de Sitges, no es solo una película de posesiones, sino también una muestra de eficaz de terror rural que plantea la posesión como algo que va más allá de la persona habitada por un ente o demonio. Aquí hay reglas a la hora de tratar con un poseído (o encarnado, embichado… Como más os guste), como si de Gremlins se tratase. Además, Rugna se asegura de dejarnos claro que la presencia de un encarnado es sinónimo de ruina. Ya no basta con atarlo a una cama y llamar a un cura con una biblia y un frasco de agua bendita. En absoluto. Si en Talk to Me se trataba la posesión como una droga viral, aquí se enfoca como si de una plaga se tratase. Lidiar con un encarnado es casi como intentar desactivar una bomba. Tanto es así, que la preocupación de algunos personajes no es la posibilidad de ser poseídos ellos o sus seres queridos, sino el riesgo de perder las tierras y el negocio agrícola. Esto, sumado a unas fuerzas de la ley totalmente inútiles, que ignoran la llamada de socorro de quienes necesitan ayuda, es otra gran piedra en el zapato.

Rugna crea un ambiente crudo, malsano y áspero cercano al western, donde se respira una constante sensación de inseguridad. Todo ello apoyado en una serie de momentos perturbadores que nos costará sacar de nuestra cabeza. Dichos momentos constatan que la maldad a la que hace referencia el título de la película va en serio. Es inmisericorde y letal, y Rugna no tiene problema a la hora de enseñar casquería, pus y muerte. Lo interesante de esto es que no abusa del recurso. Esto no es Evil Dead 2. No son 90 minutos de masacre, pero los momentos en los que la película decide sobrecogernos, lo hace con precisión, en el momento justo y, casi siempre, sin que lo veamos venir. Y por supuesto está el tono: serio, amargo y desesperanzado. En Cuando Acecha la Maldad, las muertes y el gore no son precisamente una fiesta, sino una patada en el pecho. Esto, en parte, se debe a cómo están rodadas esas escenas; de forma natural, sin demasiados cortes en el montaje. Simplemente ocurre ante nuestros ojos, sin darle protagonismo a la cámara y sin más efectismo que el necesario. Como se suelen decir en los talleres de literatura, “muestra, no expliques”. Sé que son medios distintos y que el ejemplo está un poquito cogido con pinzas, pero creo que se me entiende.

La idea de un grupo de personajes muy humanos y torpes, que por cada decisión acertada toman cuatro erróneas, me ha recordado en cierta medida al trío protagonista de El Día de la Bestia, de Álex de la Iglesia, quienes también hacían frente a un enemigo infernal mientras trataban de evitar el nacimiento del Anticristo. El tono y la trama de ambas películas no pueden ser más opuestos a pesar de tener algún punto en común, pero digamos que aguantarían sin problema una doble sesión.

Como punto final, cabe destacar el hecho de que el villano de Cuando Acecha la Maldad, el maligno, no solo acecha y ataca a los protagonistas y a cualquiera que se cruce en su camino, sino que además marca el futuro con sus garras… Los niños. Una nueva generación contaminada y terrible. Porque, como dicen en la propia película, “al mal le gustan los niños, y a los niños les gusta el mal”.

Por Narciso Piñero

Me alimento de cine, libros, tebeos y buena música. Autor de dos novelas: Juggernaut y Jugando con Claudia. Escribo críticas y artículos de cine donde me dejan.

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