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Argento y Suspiria: de De Quincey a la brujería psicodélica

A menudo, en Oxford, veía a Levana en mis sueños”, dice el ensayista inglés y entusiasta del opio Thomas de Quincey en el ensayo de 1845 que inspiró la trilogía de las Tres Madres de Dario Argento. Después de describir a Levana, la diosa romana de los recién nacidos, De Quincey habla de las tres Señoras de los Dolores (Our Ladies of Sorrow) que la acompañan, al menos en sus sueños opiáceos. La primera, y la más vieja, es Mater Lachrymarum, Nuestra Señora de las Lágrimas. La segunda, Mater Suspiriorum, Nuestra Señora de los Suspiros. Y la más joven, y más temible, es Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de las Tinieblas. Las tres, para el filósofo, encarnan todos los sufrimientos del corazón de las personas.

Argento y Daria Nicolodi —su entonces esposa y actriz­— se inspiraron en las visiones que De Quincey plasmó en Suspiria de Profundis para escribir Suspiria, film clave que en décadas posteriores sirvió de referencia para el terror y para cineastas como Gaspar Noé o Edgar Wright. Las Señoras de los Dolores se convirtieron, en la narrativa de Argento y Nicolodi, en tres brujas ancestrales, cada una con su propio film: Mater Suspiriorum, Suspiria; Mater Temebrarum, Inferno, y Mater Lachrymarum, La Madre de las Lágrimas.

Sin embargo, Suspiria definitivamente no es una cinta de horror que complazca o asuste todos. Cuarenta y tres años después de su estreno, he conocido a quienes ya no se dejan estremecer por su artificialidad: ni por sus colores primarios saturadísimos a base de Technicolor, la puesta en escena de cuento de hadas ­—inspirada, según el propio Argento, en la Blancanieves de Disney— o su icónica banda sonora producida por Goblin.

Desde su estreno, algunos críticos se burlaron de la exagerada estilización, el tono y la sangre falsa, rojísima, de Suspiria. ¿Será porque muchos no pueden hacer el pacto de ficción con lo sobrenatural a menos que haya un poco de realismo de por medio? Al mismo Argento no le entusiasmaba mucho la brujería: en una entrevista con Élie Castiel en 1993, afirmó: “Nunca creí en la magia o la brujería. Pero durante los años que filmé Suspiria, pensé que esos temas podrían hacer buenas historias para en género de terror. Entonces, investigué”).

Sin embargo, la estética artificial y el tono de ensueño de la cinta es lo que elevó sus terroríficas y psicodélicas cualidades. Y aquí es donde vuelve De Quincey, quien en sus ensayos también se refirió a los sueños como una herramienta fundamental para que el hombre se comunicara con lo sombrío. Aunque, por supuesto, para él la experiencia de los sueños era aún más siniestra con la ayuda del opio, el cual tiene la facultad “no sólo de resaltar los colores en el escenario de los sueños, sino también de profundizar sus sombras; pero, sobre todo, de reforzar el sentido de sus temibles verdades”, afirma en Suspiria de Profundis.

Entonces, ¿qué mejor escenario para pensar en brujas sanguinarias que controlan una academia de baile en Alemania que un sueño o una pesadilla? Según Luciano Tovoli, el director de fotografía que plasmó las visiones de Argento en celuloide, desde el inicio, el cineasta buscaba transmitir una experiencia física, sensorial. Por ello, Tovoli lo condicionó a que cada imagen fuera únicamente construida en locación, sin que ningún plano fuera procesado en post-producción.

Hoy en día, mientras la pandemia dejó a miles de personas sin poder salir, parece un buen momento para aferrarse a los sueños; tanto los felices como los sombríos o supernaturales. El refugio en el terror de la ficción podría distraernos o guiarnos a través de los horrores de la realidad. Después de todo, incluso las brujas más maléficas y destructivas como Helena Markos (Mater Suspiriorum) tienen un punto débil.

Filmin

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