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No podemos negar que el regreso a la cruda realidad se nos ha hecho más difícil que nunca, y no es para menos. Tranquilamente, Sitges 2018 se erige como la edición más apoteósica de todas las que hemos tenido el placer de asistir: el catálogo (y calidad, por qué no) de películas, invitados y eventos ha sido superior, algo que debemos agradecer a todos aquellos que lo han hecho posible.

Vamos a ir desgranando en varias entradas lo que hemos disfrutado (o no) en Sitges 2018:

One Cut of the Dead (Kamera Wo Tomeru Na, 2018, Shinichiro Ueda)

Bastante sonada fue la standing ovation de Sitges 2018 ante la nueva película de Shinichiro Ueda, una carta de amor al cine que fusiona Cinema Paradiso, Why Don’t you Play in Hell y el fenómeno zombie tan explotado a estas alturas. One Cut of the Dead confunde, aturde y sorprende con un timing cómico que muchos otros productos quisieran; su mayor virtud, su honestidad, la misma que hace de ella una de las sorpresas del año. Siete miembros de la película estuvieron presentes para goce y delirio de los fans: no faltaron las fotos, las felicitaciones y las risas en la Zombie Walk.

Climax (2018, Quentin Dupieux)

Gaspar Noé nos trajo Fama hasta arriba de LSD y se llevó el premio a mejor película. Climax es otro viaje de ida sin posibilidad de vuelta al mismísimo infierno, dibujado aquí como un espacio cerrado lleno de bailarines dispuestos a bailar hasta morir. No es la mejor película del realizador franco-argentino, pero sí un sólido divertimento que, como es habitual, pone a prueba la paciencia del espectador. A destacar el gran trabajo del reparto, entregado hasta las últimas consecuencias. Hay que vivirla.

Aterrados (2018, Demian Rugna)

Cómo disfrutó el Auditori del film de terror más puro de esta edición. Ángel Sala la definió en su día como la nueva [REC], y aunque hay que saber diferenciarla del clásico de Jaume Balagueró y Paco Plaza, no es para menos: el film funciona gracias a su exquisita ambientación, da miedo, su realización es impecable y sabe reírse de sí misma. No nos extraña que ya se esté preparando un remake estadounidense. Puede que no se convierta en un clásico, pero su valor pesa más que algunos clásicos.

Piercing (2018, Nicolas Pesce)

¿Qué puede salir mal cuando un director como Nicolas Pesce, recién salido de la maravillosa The Eyes of my Mother, decide adaptar la novela Piercing de Ryu Murakami? Sobre el papel nada, pero la ejecución es otra cosa: es como un globo que se desinfla poco a poco, que Pesce no puede controlar porque parece más interesado en estéticas ajenas que una vez funcionaron. Lo mejor de todo: Mia Wasikowska, que parece que es la única en divertirse, y el uso de los temas musicales de Tenebre y Profondo Rosso (nos gustan, pero ¿por qué están ahí?).

Verano del 84 (Summer of ’84, 2018, Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell)

Unos años después de su éxito Turbo Kid, Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell siguen tirando de nostalgia ochentera; para Summer of ’84 (Verano del 84) han querido acercarse al terror juvenil de una manera más torpe. A pesar de sus buenas intenciones, y de sus aciertos, que los tiene, el film sufre de una trama previsible, un reparto sin carisma y un tono light que se contradice a sí mismo.

Mandy (2018, Panos Cosmatos)

A decir verdad, el primer visionado de Mandy nos dejó algo fríos. Quizá debió ser el agotamiento, pero no alcanzamos a comprender el hype por esta aventura de venganza con el incombustible Nicolas Cage a la cabeza. Un segundo visionado algo más reposado sirvió para apreciar mejor las intenciones de Panos Cosmatos, autor de la muy estimable Beyond the Black Rainbow, y para constatar que Mandy es, sin duda alguna, el más bello y significativo de los descensos al infierno visto en los últimos años. Todo indica a que vamos a regresar de tanto en cuanto a ese cosmos rojiazul cuya música viene firmada por el tristemente desaparecido Jóhann Jóhannsson. Hay que vivir Mandy.

Luz (2018, Tilman Singer)

Menudo debut, el de Tilman Singer. No hemos visto nada en Sitges 2018 que pueda compararse a Luz, que tan pronto abarca el género de posesiones como prueba a ser un thriller de corte minimalista sin miedo a dejar preguntas en el aire. Luz sugiere, raramente muestra, y son los hombros de Luana Velia y Jan Blurhardt los que cargan de forma magistral con todo el peso de esta rara avis que seguro encontrará su culto dentro de unos años. Eso sí, su horario en el festival pudo ser mejorable.

Upgrade (2018, Leigh Whannell)

Festivalera hasta la médula, Upgrade es de esas películas que hubiera arrasado en el videoclub en los años 80. Sin mucho dinero y con la mejor de las intenciones, Leigh Whannell ha parido un divertimento sci-fi muy loable al que no le faltan sus buenas dosis de gore y mala leche. Atención al trabajo de Logan Marshall-Green, eficaz salvador de algunos de los pasajes más delicados del guión. No es perfecta, pero sí es perfecta para pasar un buen rato.

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