Summer Camp narra las aventuras de cuatro jóvenes estadounidenses que se apuntan como monitores en un campamento de verano en Europa. Están preparados para todo: insectos, noches en vela, niños gamberros… pero no para que ese sea su último verano. Al llegar al campamento, una extraña infección que causa furia extrema sumerge al grupo en una espiral de terror y locura. Comienza entonces una carrera a contrarreloj para encontrar la fuente del contagio y poder salvar sus vidas.

Director: Alberto Marini.
Reparto: Diego Boneta, Maiara Walsh, Jocelin Donahue, Andrés Velencoso, Mark Schardan, Alex Monner, Rick Zingale, Xavier Capdet.

El arranque de Summer Camp pone a prueba todos los conocimientos del espectador sobre el género. Los personajes estereotipados, la sensación de amenaza constante o el bosque como escenario de la tragedia son claves que ya se han exprimido hasta la saciedad en el terror. La sensación de déjà vu es constante; no es extraño pensar “esto ya lo he visto” o “va a pasar esto” durante sus primeros diez minutos, pero en este viaje, su director Alberto Marini no tarda en desviarnos del camino. Y se lo agradecemos.

Seamos realistas: Summer Camp no es perfecta ni tampoco pretende serlo, pero su inteligencia a la hora de jugar con las reglas del subgénero de los infectados se convierte en una de sus mayores señas de identidad. El cambio de roles (cazador vs cazado) une en desconcierto a los personajes y a los espectadores; lo imprevisible del extraño virus nos deleita con algunas escenas divertidísimas (cierta persecución en el acto final) y otras tantas que jamás pierden el sentido del ritmo ni del espectáculo. En este aspecto, Summer Camp es una fiel heredera del retablo [REC] cohesionado por Jaume Balagueró -aquí productor ejecutivo- y Paco Plaza.

Gran acierto el de Marini a la hora de confiar la solidez de la propuesta en sus tres intérpretes principales: Diego Boneta, Jocelin Donahue y Maiara Walsh, solventes tanto a la hora de crear unos personajes que caen bien como de responder de maravilla ante los momentos más físicos. También anda por ahí Andrés Velencoso, que, para el bien de la película, no tarda mucho en desaparecer.

Uno debe(ría) afrontar Summer Camp como lo que es, un entretenimiento feroz cuya falta de prejuicios conforma una de las experiencias más salvajes, refrescantes y macarras que hemos vivido recientemente en una sala de cine. Queremos más de Marini tras la cámara.

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