Crítica: ‘Midsommar’ (2019, Ari Aster)

Después de estrenarse a lo grande con Hereditary, Ari Aster logró convertirse por méritos propios en una de las figuras más prometedoras de la nueva oleada de cine de terror, caracterizada por no tener miedo a la hora de aproximarse a la parcela más psicológica del género. Este verano nos presenta Midsommar, su segundo largometraje donde nuevamente se encarga tanto del guión como de la dirección.

Midsommar nos transporta a un pequeño pueblo, una comunidad en la que todos son familia y que cada 90 años hace una gran festividad que dura 9 días. Hasta allí viaja Dani (Florence Pugh) junto a su novio y los amigos de este, uno de ellos nativo de ese lugar. Lo que parecía unas vacaciones idílicas se volverá una auténtica pesadilla. Todo esto acompañado de unas buenas dosis de alucinógenos té de hierbas que hacen que hasta el espectador acabe sin saber si lo que pasa en la pantalla es real o producto de la imaginación de los protagonistas.

Con esta premisa, Aster nos presenta un mundo onírico, donde lo puro, la naturaleza y el buenrollismo se entremezclan con la crudeza de sus escenas y la crueldad de un pueblo que lleva al extremo sus creencias ancestrales. Y es que Midsommar es un viaje al lado más oscuro de las festividades paganas, cuyas costumbres podemos ir descubriendo gracias a los murales y pinturas que adornan todo el poblado.

A pesar de que la cinta dure más de dos horas no se hace nada pesada. Aster sabe cómo mantener la tensión durante todo el metraje, con planos que van desde lo hermoso, como la escena del baile o los paisajes de la aldea, a lo grotesco, pasando incluso por el surrealismo, y lo hace sin que esos momentos queden fuera de lugar. Y es que aunque suene extraño, aquí lo gore está justificado.

Al igual que el drama. Como ya nos mostró en Hereditary, la carga emocional de los personajes es un punto importante en las tramas de Aster, y Florence Pugh, que interpreta a Dani, logra transmitir las emociones a la perfección, siendo uno de los puntos fuertes de la historia.

Una de las peculiaridades de esta cinta es que el horror pasa a plena luz del día. No hay secuencias aterradoras entre las sombras, por lo que vemos con todo detalle lo que ocurre. Y no es apto para estómagos sensibles.

Puede que la idea inicial recuerde a títulos como El Hombre de Mimbre (1973) pero salvo el hecho de la festividad (o ritual, en el caso de la película de Robin Hardy), ahí acaban las similitudes, y es que Aster construye un guión original, con una historia sólida y perturbadora, que termina con un final redondo.

En resumen, Midsommar es un título que mezcla el drama y el terror que no deja a nadie indiferente.

¿Os apetece viajar a la Suecia rural este verano?

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