Crítica: ‘Joker’ (2019, Todd Phillips)

¿Sabéis esas veces que, después de vivir una emoción o una experiencia muy intensa, no sois capaces de pensar con claridad, ni mucho menos traducir el sentimiento a palabras hasta pasados unos días? Pues eso me está pasando con este Joker.

Hace menos de dos días que la vi y aún sigo en shock. No tengo la sensación de haber visto una película; parece como si haya asistido a una sesión de espiritismo, en una sala vacía donde sólo estamos Arthur Fleck, sus demonios, bailes y yo, y le cae un único foco de luz sobre su cabeza atormentada. No puedo hacer otra cosa que callar, escuchar y mirar cómo evoluciona la escena.

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Antes de entrar al cine, todos los aficionados sabemos más o menos qué nos vamos a encontrar: un inadaptado social que recibe palos por todos los lados y de alguna manera acaba explotando. Obvio y de alguna manera justo. Es fácil empatizar con un hombrecillo noble, tímido, infantil y de aspecto frágil, que no sólo sufre algún tipo de trastorno mental, sino que la sociedad le recuerda continuamente que no es adecuado, y que para encajar no puede dejarse llevar por los sentimientos negativos u oscuros. Y si eres pobre, es tu culpa, claro. No hay que ser psicólogo para saber que tal cúmulo de circunstancias puede llevarte al límite en cualquier momento. Como dice en La Broma Asesina: “(…) un mal día puede hacer que hasta el más cuerdo de los hombres enloquezca”.

Hay un sentimiento que no esperaba tener, a pesar de toda la empatía que despierta Joaquin con su interpretación (de verdad que no tengo palabras), y es TERNURA. Arthur es un hombre-niño totalmente desamparado, diana de las burlas, que inventa un lugar mejor en su cabeza para permitirse vivir de una manera ligeramente digna. Pero todo ese mundo y las ilusiones que lo sustentan, acaban cayendo como un edificio bajo explosión controlada: cimientos de sonrisas fingidas y risas nerviosas, que acaban desplomándose y abriendo las puertas de su propio infierno. El impulso que tenía era atravesar la pantalla y abrazarlo, abrazarlo muy fuerte, dejarle llorar y arroparlo cuando se quedara dormidito en el sofá.

Sí, muy loco todo.

Joker no plantea dilemas: no te dice “ey, ¿qué pasaría si la sociedad establecida puteara hasta la extenuación a alguien indefenso y a priori un Don Nadie? ¿Agacharía la cabeza o liberaría al Kraken?”. Lo que hace Joker es mostrarte de una manera cruda y bellísima lo que ya está ocurriendo en la vida real, y lleva ocurriendo desde hace décadas. La dictadura de la felicidad mal entendida, el egocentrismo terapéutico y la tiranía del éxito lleva a la sociedad a apartar a los que, de una manera u otra, no consigan encajar. En la América de los setenta y posterior se basaba en tener un buen trabajo en una importante empresa, una familia ideal y barbacoas con tus colegas, que son otra copia del sueño americano; hoy, lo importante es trabajar de tu pasión, poder con todo, ser siempre feliz porque los tristes dan mucho bajón, y que todo Instagram lo vea. No creo que ambos escenarios sean tan diferentes: la diferencia son los medios y el alcance.

Hay dos tipos de personas en el mundo: los que veían Gladiator y querían tirarse les gustaba Russel Crowe, y las personas con criterio como yo que preferían a Joaquin Phoenix. Dejando mis furores uterinos aparte, es inequívoco que Joaquin desprende un aura especial (y no sólo porque es gua-pí-si-mo): cada vez que aparece en la pantalla, tiene algo que atrapa. Es absolutamente magnético, y su transformación física en Joker no hace más que llevar esa atracción al campo de lo hipnótico.

Qué queréis que os diga… el Joker de Heath Ledger es maravilloso, pero el de Phoenix creo que le supera. Y no lo hago como comparativa clásica: el de El Caballero Oscuro es el Joker caótico, imprevisible y festivamente violento que conocemos y amamos, y Heath lo bordó de principio a fin; el Joker de 2019 tiene ese plus de ternura y belleza demente que creo que nadie podrá hacerlo como Joaquin.

Ya está en mi lista de películas preferidas.

Un 10. Ni me lo pienso.

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