La ciencia ficción vive una nueva juventud que nos regalado título de la talla de Distrito 9, Interstellar, Gravity o La Lllegada. El éxito cosechado por estas grandes producciones ha permitido que bajo su paraguas se haya logrado desarrollar una ingente cantidad de títulos de menor tamaño y ambiciones, pero compartiendo el mismo entusiasmo que sus hermanas mayores por emplear la ciencia ficción como medio para analizar los aspectos más humanos de nuestra sociedad. Parece que Netflix no quiere quedarse rezagada y periódicamente ha apostando por numerosas producciones originales (IO, El Final de Todo, Extinción) en las que la ciencia ficción únicamente es usada como telón de fondo para desarrollar conflictos mucho más mundanos. La última en sumarse a la lista es I Am Mother, drama intimista protagonizado por Clara Rugaard y un visualmente espectacular robot con la voz de Rose Byrne.

I Am Mother es durante gran parte de su metraje un contenido alegato a la maternidad marcado por un misterio que según avanza el metraje pasa de ser una mera justifcación a un elemento de peso en la trama. Es sorprende lo bien que funciona la película cuando se mueve en estos términos y gran parte del mérito reside en la interesante dinámica que se establece entre el personaje interpretado por Clara Rugaard y su robótica madre, una extraña relación madre-hija que por alguna extraña razón evoluciona más durante la primera media hora inicial que durante el resto del metraje. Uno de los principales problemas de la historia es nunca terminar de decidir que quiere ser, tras un arranque interesante la trama parece no tener el valor necesario para sumergirse de lleno en su faceta más reflexiva, momento en el que decide introducir al personaje de Hilary Swank, un irruptor en la dinámica maternal que debería aumentar la carga filosófica que se explora durante los primeros compases, pero que termina actuando como mero elemento de exposición narrativa forzando el avance de los personajes hasta que deja de resultar útil y se olvida en un rincón.

La gran cantidad de elementos que se introducen de forma superficial provoca que la película sufra de un exceso de metraje que lastrando su ritmo hasta convertirse en soporífero durante algunos momentos del tramo central donde se exploran en bucle los mismos conceptos sin que se aprecie ningún tipo de cambio en el comportamiento de los personajes, cuando finalmente se decide resolver ese velado misterio que servía de trasfondo para la trama debo reconocer que la historia logro captar nuevamente mi atención, sin embargo, no se sabe sacar partido al dilema ético que plantea dicha revelación y la historia termina volviéndose rápidamente en algo que hemos visto muchas veces de forma mucho mejor ejecutada. Técnicamente se pueden poner muy pocas pegas al trabajo en la dirección de Grant Sputore, logrando sacar partido a los pocos elementos con los que cuenta, aunque en ciertas escenas la edición termina provocando que la espacialidad se pierda generando extrañas situaciones. Clara Rugaard carga de maravilla con la mayor parte del peso de la trama y logra hacer que sus interacciones con la figura robótica sean creíbles, especialmente durante los primeros compases de la trama. El personaje de Hilary Swank es tan insustancial que la pobre hace lo que puede, pero ni de cerca estamos ante uno de los mejores trabajos de una actriz injustamente maltratada por el gran público durante los últimos años.

En resumen, lo que podría haber sido un drama contenido con toques de ciencia ficción realmente interesante termina reducido a una cinta estándar con un prometedor arranque y una tópica resolución final. Tras unos compases iniciales interesantes, la película se pierde en su propia narración y nunca termina de definir si quiere ser un drama intimista o una aventura robótica de mayor tamaño. Una nueva decepción por parte de las producciones originales de Netflix en el apartado de la ciencia ficción.

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