Crítica: ‘Carretera Perdida’ (1997, David Lynch)

Si tuviera que elegir un título reivindicar dentro de la filmografía del mayor artesano de claro oscuros del sueño americano, ese genio  de cabello imposible llamado David Lynch, sería sin duda Carretera Perdida, estrenada en 1997. No tiene la mística de otros títulos del director como Terciopelo Azul, Corazón Salvaje o Mulholland Drive, pero si una película ha conseguido dejarme sin aliento y seducido de principio a fin, ha sido esta.

Han pasado más de viente años desde que descubrí su cartel en la sección de estrenos de un periódico, dentro de un recuadro pequeño casi escondido. Seguramente no duraría más de una semana en las pantallas. No tuve la oportunidad de ir en ese momento y tuve que resignarme a verla en VHS en casa, dos veces seguidas. Fue uno de esos grandes momentos cinematográficos que todos habremos vivido en algún momento. Pese a conocer la obra de Lynch consiguió sorprenderme y dejarme con la boca abierta; una vez finalizada la película no había entendido nada más allá de las sensaciones y escalofríos. Mi cabeza era un mar de dudas. Aún así, lo único que sabia con total seguridad es que Carretera Perdida era la mejor película que había visto en mi vida, así que rebobiné la cinta y volví a perderme en ella.

Imagina que un día tocan el timbre de tu casa, preguntas quién es, y en el interfono escuchas: ”Dick Laurent está muerto”. “¿Quién es Dick Laurent? ¿Quién esta al otro lado del interfono?” resuena en tu cabeza mientras tratas de procesar todo. Al día siguiente encuentras en la puerta de tu casa una cinta de vídeo con una grabación del interior de tu propia casa, que finaliza al llegar al dormitorio donde apareces durmiendo con tu pareja. Carretera Perdida nos invita a un viaje sin/con retorno al peculiar mundo de David Lynch. ¿Cómo, después de cometer un acto atroz, una persona puede continuar con su vida? ¿Cómo actúa la mente para justificar y hacer desaparecer dichas acciones? “Prefiero recordar las cosas a mi manera” atestigua Fred Madison (Bill Pullman).

Carretera Perdida

Carretera Perdida coquetea con el cine de terror y el neo noir y resulta más precisa que cualquier pretendida cinta de género. La tensión, el desasosiego fuera de lo común, la atmósfera de incertidumbre y la sensación malsana que impregna toda la película de que algo no funciona, de que algo no va bien, es aterradora. Hay momentos brillantes que dejan al espectador sin respiración dentro de la montaña rusa de sensaciones que Lynch nos regala, y que como en el resto de su filmografía, nos invita a jugar con su juguete, nos hace participar en todo momento, nos exige atención y aun así, lo normal es perderte como el propio titulo indica, aun así no podrás apartar la mirada en ningún momento. Como decíamos, es una película que invita al revisionado, a buscar una explicación de aquello que acabas de experimentar. Como el maravilloso personaje de Patricia Arquette, Lynch se hace inaccesible, cautivador y poderoso: “nunca me tendrás” dice ella. El genio de Missoula se rodea de un excelente reparto donde sorprende un a priori anodino Bill Pullman, una impactante e icónica Arquette en un desdoblamiento antológico cuya reminiscencia más clara es la moda Pin Up de los años 50, Betty Page, sin olvidarnos de unos excelentes Robert Loggia -tan brutal como el Dennis Hopper de Terciopelo Azul-, Balthazar Getty y Robert Blake.

Carretera Perdida entra de lleno en la galería de pesadillas que el director nos propone desde su temprana opera prima Cabeza Borradora (Eraserhead), la experiencia es brutal, cautivadora y perturbadora, dentro de su filmografía nos prepara para el futuro viaje por las carreteras perdidas de Mulholland Drive e Inland Empire.

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